A casi 80 años luz de esta Unión de crecimiento exponencial en territorio, ideas y buenas intenciones no cabe duda que podemos asistir a las horas más sombrías de lo que algunos ideólogos plantean como los próximos Estados Unidos de Europa.
En este juego de tableros en que todos buscan proteger sus intereses, otrora juego de reyes y reyezuelos, se juegan varias partidas a la vez, y asistimos así a una Europa dislocada, casi esquizofrénica, que se hace difícil de gobernar si no es con mano de hierro. En este mosaico de culturas que es la Casa de Europa los miembros más viejos del hogar, aprietan a los pequeños para llamarlos al orden, y los medianos y pequeños aprovechan cualquier resquicio de la madre alemana para hacerse con el tarro de galletas o el dinero del bolso y la cartera para gastarlo en quien sabe qué. Ella los mira con cierta desconfianza aunque guarda las apariencias en pro de la estabilidad de la casa. Por su parte, la suegra, Reino Unido, viendo como está el patio, hace tiempo que no aporta por casa y el padre francés, voluntarioso y bien intencionado pero poco eficaz, vuelve cada día más cabizbajo a casa, con los bolsillos vacíos y los ojos puestos en el futuro, en la esperanza de quizás, cuando los demás crezcan, todo irá a mejor. Y mientras los cuervos, merodean, sobrevuelan y pasan las horas oteando desde el alféizar de la ventana, sombríos, acechantes, esperando el momento de mayor descuido para hacerse con las joyas de sus víctimas.
Los hijos mayores como Italia o España, pese a que empezaron con buenas intenciones, o eso daban a entender, respecto a labrarse un futuro, han caído en las drogas, la corrupción, el fraude y la más indolente de las ignominias. Pero sus padres siguen confiando en que, algún día, tomarán conciencia y cambiarán el rumbo, lucharán por un futuro mejor. Quién sabe. De momento, las hijas, Grecia, Portugal y Chipre, ya están haciendo la calle desde hace tiempo para poder pagar las cuantiosas deudas de la familia.
Todo esto me trae a la mente el recuerdo de una frase que no llegaba a comprender, "es bueno ser optimista, pero ser demasiado optimista es muy peligroso". No veía cómo podía ser peligroso tener una perspectiva altamente positiva de la vida. Se supone infundía esperanza, energía, fuerza inagotable. Ahora que los cuervos sobrevuelan el tejado de nuestra familia, me doy cuenta de que un optimismo exacerbado puede acabar en una completa ceguera. Y ese es el mayor error que podemos cometer.
En este juego de tableros en que todos buscan proteger sus intereses, otrora juego de reyes y reyezuelos, se juegan varias partidas a la vez, y asistimos así a una Europa dislocada, casi esquizofrénica, que se hace difícil de gobernar si no es con mano de hierro. En este mosaico de culturas que es la Casa de Europa los miembros más viejos del hogar, aprietan a los pequeños para llamarlos al orden, y los medianos y pequeños aprovechan cualquier resquicio de la madre alemana para hacerse con el tarro de galletas o el dinero del bolso y la cartera para gastarlo en quien sabe qué. Ella los mira con cierta desconfianza aunque guarda las apariencias en pro de la estabilidad de la casa. Por su parte, la suegra, Reino Unido, viendo como está el patio, hace tiempo que no aporta por casa y el padre francés, voluntarioso y bien intencionado pero poco eficaz, vuelve cada día más cabizbajo a casa, con los bolsillos vacíos y los ojos puestos en el futuro, en la esperanza de quizás, cuando los demás crezcan, todo irá a mejor. Y mientras los cuervos, merodean, sobrevuelan y pasan las horas oteando desde el alféizar de la ventana, sombríos, acechantes, esperando el momento de mayor descuido para hacerse con las joyas de sus víctimas.
Los hijos mayores como Italia o España, pese a que empezaron con buenas intenciones, o eso daban a entender, respecto a labrarse un futuro, han caído en las drogas, la corrupción, el fraude y la más indolente de las ignominias. Pero sus padres siguen confiando en que, algún día, tomarán conciencia y cambiarán el rumbo, lucharán por un futuro mejor. Quién sabe. De momento, las hijas, Grecia, Portugal y Chipre, ya están haciendo la calle desde hace tiempo para poder pagar las cuantiosas deudas de la familia.
Todo esto me trae a la mente el recuerdo de una frase que no llegaba a comprender, "es bueno ser optimista, pero ser demasiado optimista es muy peligroso". No veía cómo podía ser peligroso tener una perspectiva altamente positiva de la vida. Se supone infundía esperanza, energía, fuerza inagotable. Ahora que los cuervos sobrevuelan el tejado de nuestra familia, me doy cuenta de que un optimismo exacerbado puede acabar en una completa ceguera. Y ese es el mayor error que podemos cometer.
