No es mi intención dar a este artículo el manido discurso derrotista y euroescéptico. Este escrito va más allá y busca explicar el por qué estamos perdiendo en tan pocos años aquello que nos costó siglos ganar a los europeos a través de enormes sacrificios: nuestros derechos fundamentales.
Es evidente que el sistema estatal actual, algunos Estados miembros, viola continuamente diversos derechos de los ciudadanos, como el derecho a la intimidad, el derecho a la libertad de expresión e incluso el derecho a la vida, todo ello, con la frágil justificación de la seguridad colectiva.
Pero no es la seguridad, al menos no la colectiva, lo que persigue el Estado, recortando y acabando de forma cada vez más salvaje y evidente nuestros derechos, sino que lo que persigue, en última instancia, es el Santo Grial del Capitalismo: la competitividad.
Y es que una Europa cargada de derechos puede ser atractiva vendida así a sus ciudadanos, pero a la hora de la verdad, son los poderes fácticos, o sea, principalmente el poder financiero, el que determina los designios de este aglomerado de naciones que es la UE. Tampoco en este punto, descubriríamos nada nuevo con lo de que, tras las bambalinas, se encuentran los grandes magnates de bancos, farmaceúticas, políticos de peso y empresarios de la guerra, dirigiendo las políticas del mundo.
No obstante, en mi opinión, si daríamos una vuelta de tuerca si, yendo más allá de mirar a nuestro propio ombligo europeo, miramos al resto del mundo. Y es que los habitantes del resto de países del mundo, en su mayoría, apenas tiene derechos. Eso, en definitiva, los hace más competitivos, o lo que es lo mismo, más manipulables a ojos de los grandes centros de poder productivos, que, de ese modo, pueden competir a precios mucho más bajos produciendo muchas mayores cantidades de producto pagando un salario infinitamente menor que el de los europeos, y sin prestaciones sociales.
Es esta la razón por la que la maquinaria político-europea, actuando al dictado de los grandes directivos de la economía internacional, recortan disimuladamente nuestros derechos, al menos y por el momento en los países que ellos llaman despectivamente como PIIGS.
Así las cosas, si Europa está empezando a no reconocerse a sí misma en el espejo, a dejar de ser lo que fue, es con la cancamusa de la seguridad, empezar a ser trabajadores un poco más chinos, un poco más indios o un poco, como dirían los gurús del nuevo capitalismo, más productivos, más competitivos.
